Odio. Miedo. Angustia. Aquí estoy aún.

El televisor se enciende lentamente y el motor comienza a funcionar con el primer hálito consciente. Al menos eso se siente cuando tus ojos aún están cerrados, presos de unos párpados de plomo. Te vas percatando del lugar donde estás, dándote cuenta que sigues vivo. Ya sea de mañana, ya sea de tarde, ya sea de madrugada. Ya sea en tu cama, ya sea en la de ella, ya sea en la de cualquiera de ellas, ya sea en una cama extraña. Ya sea con el reloj biológico, ya sea con el reloj con alarma, ya sea con la dulce voz de tu hermana, ya sea con la odiosa, asquerosa, ponzoñosa, nociva, irritante voz de la dueña de casa. No importa la hora que sea, ni donde estés, ni cómo despiertes. Odias ese primer respiro del que te das cuenta que das. Odias el primer sonido que somete tus tímpanos. Odias el primer color grisáceo que mancha la anterior oscuridad absoluta dentro de tus párpados. Es ahí cuando te preguntas ¿qué hice para merecer otro maldito día de vida?

No es necesario que todos los días intentes ubicar un nuevo lema para dirigir tu vida, a ver si al menos logras sonreír cuando te vayas a dormir, y por ende, cuando amanezcas en un nuevo día. No importa que eches todo al olvido y decidas que vivirás tu vida por ti mismo, sin que nadie te la “eche a perder”. A nadie le interesa que te escondas de todo y te vuelvas invisible para que cada momento deje de ser un puto tormento. No hay piedad para tu mierda de suerte, y el destino ya escupió las letras de tu futuro. “Sigue viviendo, y cada segundo tendrás una razón para rogar que un camión pase por sobre ti”. Has escuchado muchas veces que eres un estúpido negativista, un idiota pesimista, un egoísta entristecido, un venenoso deprimido, un angustiado viral. Te llaman de muchas formas, intentando dar vuelta tu perspectiva de las cosas a punta de bofetadas psicológicas  ¿Acaso creen que uno decide estar así? Bueno, sí, es lo que creen. Si estuviesen en mi lugar y viesen el simple ejemplo de mis últimos veinte minutos: perdí la mitad de lo que estaba escribiendo por utilizar un software nuevo, recibí tres llamadas que sólo me hicieron sentirme mal, me avisaron que el concierto al que no pude ir estuvo fantástico, se me terminaron los pañuelos desechables y por comprar papel higiénico no podré arreglar mi bicicleta. Todo eso en, ahora, treinta minutos. ¿Cómo diablos puedo soportar veinticuatro horas? Claro, cuando duermo se supone que no pasa nada, sino fuera porque antenoche soñé que mi ex novia se moría, hace tres noches soñé que mi casa se incendiaba y anoche soñé que tuve un accidente en auto. Pero por supuesto, debo agradecer que estoy vivo. Lindo regalo. Gracias. Muchas gracias.

Abre los ojos nuevamente. Respira una vez más. Pon tu cabeza en alto. Ponte de pie. Maldice tu suerte por no haberte muerto mientras dormías, y aprieta el corazón para ser capaz de vivir otro día más. Otro triste día más…

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Pálidamente

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Tres colores entre mis ojos,
y sólo uno se queda
para degradarse frente a mis manos.

Te sigo lejos de mi cabeza,
te sigo lejos de mi vista.
No te tengo, sólo te tuve.

Callé tantas veces
que ya no puedo decir nada.
Las palabras me evaden.

Te miro una y otra vez.
Te miro en las fotos de mi mente.
Naciste para ser la razón de mi olvido.

Marca

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Constante asonancia
resuena en mis párpados;
una interferencia de gritos,
patrañas y recuerdos.

Detengo mis pies,
dirijo mis ojos al odio.
Mis manos abrazan
la cintura del mar gris.

Doy media vuelta,
creo en el infierno.
Miro hacia el frente,
de nuevo: Tú.

Mi mente se ahoga
en la locura.
Y lo único cuerdo
es que no te olvido.

Octubre

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Fue la espera.
Hablo conmigo mismo entre melodías,
soledades, prismas de luz, tardes frías.

Fue la espera.
En la sensatez me escondo, dialogando.
Perforo las fotos y las sigo mirando.

Fue la espera.
Me detuve varias veces a escuchar el aire,
y sólo encontré paredes llenas de hambre.

Fue la espera.
Mis pies se cansaron de no saber nada,
de preguntarme todo, de tapar mi cara.

Fue la espera.
Los segundos envejecieron pacientes,
royendo las esquinas del tiempo inerte.

Fue la espera.
Tendida te encontré sobre tus sueños,
cautivada, pero yo no estaba en ellos.

Fue la espera.
Fatigué mi pecho de tanto esperar tus ojos,
y cuando te besé, dijiste adiós, quedé solo.

Estereofonía

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Grises mareas oblicuas, suaves, desnudas
se airean entre hordas de puntos en mi cabeza.
Tu voz se escucha extraña, inconexa, casi sorda.
Se escucha alienada entre mares que se besan.

Un suspiro. Eso es lo que logro fumar encerrado.
Un suspiro, tan tuyo como mis ojos al despertar,
cae de mis labios esperando que lo recojas.
Sigues sin visualizarlo, e incoloro se pone a sollozar.

Los minutos se alargan detrás de las cortinas
lo que me obliga a cerrar los pulmones de pronto,
nocivos en este cuerpo delgado y apesadumbrado,
eterno de demoras, lagunas y sonidos hondos.

Te paraste, sin estar aquí, y caminaste hasta la puerta,
pasando un pincel entre las ensombrecidas nubes.
Me jacté de no verte, cuando no separé mi mente de ti
ni logré acallar las melodías de las paredes azules.

Está todo difuminado, incluyendo la ventana fetiche
que no deja de mirarme, husmea, me espía, me odia.
Tu efigie se desvaneció, tal como llegó, en mi sueño,
y te llevaste, de nuevo, una hogaza de mi memoria.

Aciago

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Simplemente escucho las canciones podridas
que hacen eco en este tórax acardíaco, mohoso, soñoliento.
Recuesto mi dorso en las piernas de mi pared
dueña de las lágrimas nocturnas que suelen callarse de pronto.
Un demonio y un ángel brotan del mueble infantil
que hace vigilia a un lado de mi cama, testigo involuntario.

Bebo los sueños de un dormido
y quemo las voces de mis miedos.
¿Qué hice mal?
¿Por qué las sonrisas ya no me sonríen?

Me abstengo de mirar profundo en un espejo
del pretérito vozarrón de ilusiones pueriles, briosas, sedantes.
El imberbe frío de la medianoche se esconde
entre las sábanas oxidadas de mi habitación profana y sensible.
Junto mis brazos y me encierro en ellos de nuevo,
como esperándote, como diciéndole al tiempo que nada pasó.

Dibujo lunas sobre el mar
y desgarro la máscara del miedo.
¿Qué hice mal?
¿Por qué el agua no borra esta triste mirada?

Despedir

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Está cada vez más suave
el humo del cigarrillo que sostienes.
En la punta de mis dedos
está lo último que podría decirles.

El café huele a nada,
a diferencia del polvo en la foto.
Cinco minutos y todo
se desvanecerá detrás de algún edificio.

Tus ojos reposan sobre mí,
como esperando alguna oración.
Mis ojos reposan sobre ti,
sin esperar absolutamente nada.

Se ha vuelto pequeño
el mundo que solía dar vueltas cada día.
Detrás de una carta
el tiempo cerró los párpados.

Tus labios se entrabren,
sin decidirse entre palabras o respiración.
Prefiero no preguntarte algo,
porque prefiero que algo te sostenga.

Estás tras una cortina de agua,
funesta y añeja como tu foto.
Descolorida me parecen tus manos,
como mis tentativas de entenderme.

No digo nada, pero puedo despedirme.
No digo nada, pero te miro por última vez.
No digo nada, y absorbo el resto del día.
No digo nada, para no volver a decir nada.

Ida

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Esta es mi cara.
Retorcida entre heces del tiempo,
de las palabras, de los cuentos.

Estas son mis manos.
Ahogadas entre maromas de personas,
de deseos y de canciones penosas.

Esta es mi espalda.
Tatuada de gorjeos inaudibles
de juramentos y rasgos febriles.

Estas son mis mejillas.
Ionizadas de caramelos, de fe,
de espantos, de ganas de perder.

Vil. Hipnotizada realidad.
Levántenme de la vida,
humanos ojos ya no quiero mirar.

En el silencio me observo.
En el silencio me reservo.
En el frío a huir comienzo.
En el frío a morir comienzo.